Los hijos de la noche

Mónica Marchesky

Escúchelos. Los hijos de la noche. ¡Qué música la que entonan!

Stoker, Bram

George sabía que algo andaba mal. Al enfilar por City Road las vio, eran sombras obtusas recortadas en las esquinas. Un mal presentimiento se le hizo un nudo en la garganta. Apuró el paso y sin mirar, entró al burdel. Hoy mataría a su tercera esposa.

En el recinto estaba como siempre July, una prostituta con excesivo maquillaje y sensuales labios rojos, tratando de emitir sonidos al compás de un vals que se bailaba en los salones iluminados.  Haciendo ademanes burlescos como si fuera una dama de la alta sociedad, trataba de imitar los pasos de baile. Un sombrero de plumas de colores la hacía más ridícula aún. George la conocía y, aun así, sintió lástima y odio. En un rincón un hombre fumaba opio y más allá una reunión de caballeros hacía de las suyas con mujeres jóvenes. Reían ante susurros y manos inquietas que se depositaba sobre los senos y se metían debajo de las faldas, buscando la diminuta ropa interior.

Dejó el bastón y el sombrero sobre la mesa y fue cuando nuevamente las vio. Se confundían con el humo del opio sobre el fondo del decorado. Sintió la garganta seca, pidió un trago y lo bebió de un sorbo.

No sabía por qué las mataba, las amaba, se casaba con ellas, pero al no poder engendrar un hijo en sus entrañas, era como si todo el odio se juntara en sus manos y al cabo de un tiempo las veía como recipientes vacíos. Había probado suerte con mujeres de distintas clases sociales y con edades dispares. La última, era la más joven y yacía envenenada, como las otras. Hoy le daría el golpe de gracia.

Desde que había venido de Polonia a Londres, solo tenía una idea en la cabeza. El hombre debía tener buena prole y no lo había logrado en nueve años. Esas sombras lo venían siguiendo desde hacía una semana. Debería ir a visitar a Florence, ella sin duda le sacaría esos fantasmas de encima.

           —Estás muerto George —le había dicho la médium— ¡estás muerto!

            —Hace dos días enterré a mi tercera esposa Florence, y no dejo de ver sombras, desde hace unas semanas.

           —Son los hijos de la noche, escóndete por un tiempo, no salgas a la calle.

Creía en Florence, era una médium conocida en la zona del puerto de Londres. Se encerró en su casa y estuvo dos días dando vueltas, fumando, mirando por la ventana. Ahora le parecía que las sombras habían ganado ya la entrada y estaban expectantes a sus movimientos. No salgas a la calle, le había dicho, pero un fuego le quemaba por dentro, no podía retenerlo un día más. Fue entonces cuando salió antes de que cayera la noche y una y otra vez decidió su destino mancillando mujeres, extirpándoles los órganos, desmembrando. Ya no importaba dónde, cuándo ni en qué circunstancias, no tenía un orden ni método. July fue una más de sus víctimas, su torso fue encontrado en el río Támesis flotando junto al sombrero de plumas. Lo que hacía con las otras partes del cuerpo, no se lo diría a nadie, era demasiado horroroso —se dijo.

Sabía que pesaba sobre él la sospecha de sus esposas, pues ya había tenido noticias de que lo buscaban. Una de sus suegras había pedido la exhumación de los cuerpos, estaba perdido.

Pasaron pocos meses hasta que los agentes del orden llegaran a la casa de George y lo detuvieran. Fue sentenciado y ejecutado en la horca. Su cuerpo fue enterrado en el predio de ST. Katharine, de espaldas al cielo, sobre los cadáveres de sus tres víctimas. No lo habían asociado a las otras muertes, pero eso ya no importaba.